Capítulo 126. Heridas silenciosas.
El ambiente en la casa de Carolina y Lisandro era sofocante. La tensión que flotaba en el aire era tan espesa que parecía capaz de cortar con un cuchillo. María, sentada en el sofá de la sala de estar con las manos entrelazadas nerviosamente, miraba a su hija de reojo, buscando una señal de apertura. Sin embargo, a Carolina no le daba ni un resquicio de oportunidad.
Carolina había pasado parte de la mañana revisando unos documentos de trabajo en la mesa de la sala de estar, su expresión rígida