Mateo
Mateo observaba desde la distancia. Siempre había sido así, el que miraba desde las sombras, el que notaba los detalles que otros pasaban por alto. Y ahora veía algo que le preocupaba profundamente: Leonardo Santoro, el hombre de acero, el magnate implacable, se estaba desmoronando por dentro.
Lo notaba en los pequeños gestos: la mirada perdida durante las reuniones familiares, el vaso de whisky que duraba más de lo habitual entre sus dedos, la forma en que su voz se quebraba ligeramente