—Marcel —apenas logré decir.
Él se acercó con lentitud. Me superaba en altura, casi como su hermano. Alzó un brazo y me sorprendió bastante cuando con uno de sus pulgares limpió las lágrimas de una de mis mejillas. Dejé de respirar.
Luego, miró más allá de mí.
—¿Cómo estás, Danilo? Estás herido.
—Hola, Marcel. No es nada.
—¿Nos dejas a Delu y a mí a solas un momento, por favor?
Danilo caminó hasta ponerse de espaldas a mí y en mi oído susurró:
—¿Está bien que me vaya?
Asentí resignada y tardó