Aún dentro de mí, sentados de frente. Los vellos de su pecho, algo nuevo y picante, nada engorroso o abundante, me decían que ya no era el joven de aquellos años. Mis yemas hacían dibujos entre ellos al ritmo de nuestra ya calmada respiración.
Sus manos viajaron a mi cabello y a mi cara. Acarició lentamente mis pestañas, mis labios y mi nariz con los dedos y su boca. Nos miramos por largo rato, así, bien pegados y unidos, diciéndonos cosas en silencio, felices por estar juntos. Qué magnífico al