CAPÍTULO UNO

Capítulo uno 




-Elisa-

La Playa de Paleo Fáliro se encontraba a solo un puñado de kilómetros de la ciudad de Atenas. Era una de las playas más concurridas de la ciudad, y no podría ser de otra manera dada su ubicación. Poseía una atmósfera radiante y una diversión desenfrenada que la animaba a todas horas del día y la noche. Era imposible no contagiarse con su frenesí. Había muchas cosas que hacer en Falero; pero incluso las actividades más simples me brindaban una satisfacción sin igual; como pasear por las orillas de la playa y detenerme en un chiringuito a tomar agua de coco, dejando que la brisa del mar despeinara mi cabello y golpeara mi rostro; o detenerme en la panadería más cercana para disfrutar de un dulce e increíblemente delicioso tentempié.

Paleo Fáliro, un antiguo puerto de la ciudad, estaba rodeado de aguas poco profundas en las que se podía nadar con seguridad.

Llevaba poco más de cinco horas en Grecia y cada segundo que pasaba me enamoraba más de aquellas mágicas y majestuosas tierras. Los últimos días habían transcurrido como si viviera en un mundo diferente, algo así como Narnia o El país de las maravillas.

Ya había visitado Gran Bretaña, Alemania, Italia, España y la maravillosa Francia. Y había viajado en primera clase; mientras pudiese permitírmelo, lo seguiría haciendo. Sin embargo, ningún lugar poseía la magia y el magnetismo de Atenas. 

Llegué al magnífico restaurante que me habían recomendado en el hotel y respiré profundamente el delicioso aroma que provenía del mismo. Eran pasadas las siete de la tarde y tenía un hambre voraz. 

Entré en el lugar y dejé que un amable y muy apuesto camarero me guiara hacia mi mesa.

No pude evitar mirar alrededor; era como si viviera una realidad alternativa. Tres meses atrás, jamás se me hubiese pasado por la cabeza que me encontraría cenando en un estirado restaurante del puerto de Falero. 

<< ¿Qué diría mi tía si me viera ahora? >>

Una espontánea sonrisa se dibujó en mi rostro. No estaba segura de poder regresar a mi monótona vida en Sydney, después de saborear la libertad y volverme adicta a ella.

Suspiré y continué con mi escrutinio del lugar, y entonces le vi. Estaba apoyado sobre la barra y era demasiado atractivo.

Sin poder evitarlo, mi timidez hizo que apartara la mirada automáticamente.

Otros hombres atractivos me habían observado antes, aunque no se podía decir que fuera cosa de todos los días.

Pero nunca había podido llevarlo con el aplomo o cinismo con el que se lo tomaban la mayoría de las chicas.

Negué con la cabeza y levanté la carta del menú para ocultar la turbación que sentí en aquel momento. 

Segundos después, el camarero se acercó a mi mesa con una botella de champán en las manos—. Con los saludos del señor Katsaros —explicó.

— ¡Oh! —exclamé siguiendo la mirada del empleado hasta el hombre que había en la barra.

Iba a decir algo, pero me callé antes de llegar a tartamudear. Recordé que una mujer sofisticada jamás balbucearía ante una simple botella de champán. No, definitivamente, no. Debía aceptar la bebida con gracia y dignidad. Y tal vez, si no era tonta del todo, me relajaría lo suficiente como para coquetear con el hombre que me estaba invitando.

Dejé que el camarero me sirviera una copa, la tomé en mis manos, la alcé en dirección al sujeto de la barra y bebí el primer sorbo.

— Delicioso —no pude evitar que la expresión saliese de mi boca. Aquella bebida debía ser de una marca bastante ostentosa; algo que nunca hubiese podido permitirme.

Cuando volví a mirarle, él se acercaba hacia mí. Y al verle caminar, pensé que no solo era atractivo, sino que además era espléndido. Tenía una mirada atenta y una boca maravillosa. Por un momento, tuve la impresión de estar contemplando a Apolo o a un antiguo dios de la Mitología Griega.

El sol reverberaba en su pelo y su tez bronceada se veía, en cierto modo, resaltada por una mandíbula altiva y rasgos marcados. Su rostro irradiaba fuerza y brillo, justo como los míticos dioses del Olimpo y se encontraba adornado por los ojos más espectaculares que había visto en toda su existencia: de un color púrpura. No parecía real, sino sacado del mejor libro romántico que había leído jamás; o tal vez fuese un ángel bajado del cielo para torturar a los seres humanos con su belleza.

<< Demasiada tentación para una mortal como yo >>, pensé.

— Buenas tardes. Me llamo Xanthos Katsaros —su voz era rica y profunda, con un acento demasiado sutil para ser griego. Eso solo aumentaba su atractivo y rápidamente me intrigó.

Sin salir de mi estupor, obligué a mi cuerpo a adoptar una pose de mujer de mundo para tenderle la mano—. Hola. Yo soy Lisa, Elisa Payton. Muchas gracias por el champán; ha sido todo un detalle.

Él tomó mi mano derecha y me besó el dorso de la muñeca, como si fuese un caballero de otra época. Una extraña agitación me corroyó ante el gesto.

Me sentí tonta, como la vieja Lisa y decidí retirar la mano para dejarla en mi regazo.

— Me pareció que era lo apropiado —respondió finalmente. Luego me escrutó con la mirada y eso me produjo una descarga eléctrica. Por más que lo intentase, mi antiguo yo siempre salía a flote; pero no pensaba darme por vencida en esa batalla. Me había hecho la promesa de convertirme en una mujer de mundo, y eso haría—. Usted está sola —parecía una pregunta, pero en realidad era una afirmación esperando ser confirmada.

— Así es.

Tal vez había sido un error admitirlo, pero si me proponía vivir la vida al máximo, tenía que correr ciertos riesgos.

La tentación estaba allí, frente a mis ojos, y no pensaba ignorarla. Solo una ingenua decidiría mirar hacia otro lado.

Ordené a mi cerebro dar un paso hacia adelante e intentar emitir otra sonrisa.

>> Lo menos que puedo hacer es ofrecerle una copa.

Él imitó mi gesto y se sentó frente a mí. Despidió al camarero y se sirvió a sí mismo la bebida.

—¿Es usted americana? —preguntó para romper el hielo. Algo que agradecía; me encontraba demasiado nerviosa para comenzar una conversación.

— No. Soy australiana. ¿No se me nota?

— Sinceramente, no —su respuesta me hizo sonreír—. En realidad pensé que era francesa hasta que empezó a hablar.

— ¿En serio? —expresé muy complacida—. Acabo de llegar de París.

Inconscientemente, mis manos se dirigieron hacia mi nuevo peinado. Me había cortado el cabello en un salón de belleza francés.

Xanthos chocó su copa con la mía para después probar el champán. Mis ojos se deleitaron en verle saborear la bebida y de pronto, sentí la boca reseca. Tragué saliva y luego bebí un sorbo de mi copa en un intento de calmar mi repentina sed.

— ¿Fue allí por negocios?

— No, solo por placer —contesté pensando que el mundo era maravilloso y llevaba demasiado tiempo privándome de él—. Es una ciudad encantadora.

— Cierto. ¿Y va muy a menudo? 

— No lo suficiente —respondí con suspicacia—. ¿Y usted?

Ladeó la cabeza antes de contestar—: De vez en cuando.

Estuve a punto de suspirar. No podía creer que estuviera sentada al lado de un hombre que hablaba de ir a París <<de vez en cuando>>.

— Hubiese querido pasar más tiempo allí —me permití un momento de sinceridad—; pero me había prometido a mí misma venir a Grecia. Y a decir verdad, no me arrepiento para nada; lo poco que he conocido de estas tierras me ha parecido espectacular. Además, por lo que me han dicho el centro de la ciudad supera Falero con creces.

— ¿Falero es su primera escala?

Volví a beber un sorbo, dudando de si estaba en un sueño o si todo era real: Grecia, champán, aquel hombre que parecía la personificación de un dios mítico... demasiado bueno para mí.

— Sí. Es un puerto hermoso. Mucho más de lo que imaginaba.

— ¿Entonces, es su primer viaje? —indagó demasiado expectante a mi respuesta—. ¿Va a quedarse mucho tiempo?

— Tanto como quiera —dije sonriendo. El sabor de la libertad era simplemente insuperable al de cualquier platillo exótico—. ¿Y qué hay de usted?

— Creo que me quedaré más tiempo del que tenía planeado.

No fui consciente del tiempo que permanecimos observándonos fijamente. Era como si nuestras miradas fueran atraídas por un imán. Era desconcertante y agradable a la vez. 

Un tiempo después, reapareció el camarero. Xanthos habló rápidamente algo que no entendí  con el menú entre las manos; supuse que había hablado en griego. 

— Si no le importa —esta vez se dirigió hacia mí—, me gustaría guiarla por la cocina griega en su primera comida en la ciudad.

La antigua Lisa hubiese estado demasiado nerviosa como para resistir una cena con un total desconocido. Pero la nueva Elisa Payton sonrió y volvió a beber de su copa, esta vez hasta llegar al fondo.

— Me encantaría —concedí sin perder la sonrisa—. Muchas gracias.​

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