165. ESTAMOS EN CELO

Él continuó su camino descendente hasta llegar a su intimidad, donde empezó a darle pequeños mordiscos que la hicieron explotar de placer. Sus dedos se introdujeron en su vagina, y su cintura comenzó a moverse sin que ella pudiera detenerla. Amet también gruñía. Lo miró por un instante y pareció frustrado. Ella salió de su agarre mientras le besaba el torso, tiró de su camisa y, con la mirada, le exigió

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