Las piernas me pesaban y los ojos me ardían, pero me obligue a salir de la casa. El viento gélido me erizó la piel a pesar de la sudadera que llevaba. Suspiré cansada al llegar y recordar cómo había llorado frente a Alessandra, llorar así estaba prohibido. Llorar así no solucionaría nada.
Mientras conectaba los audífonos en mi teléfono, vi mi reflejo en las ventanas oscuras del auto rojo de Emilio. Casi me ahogué cuando mi estómago dió un vuelco, nervioso, pero recordé casi de inmediato que él