Serví la lasaña rozando por poco la agresividad. Mi mandíbula dolía de tanto que rechinaba los dientes. En serio traté de repetirme mentalmente:
No seas esa mujer, Isabela. Procura canalizar tu rabia, eres buena en eso. No funcionaba.
—Está riquísimo, Isa — expresó Lucía completamente ajena a mi furia interna.
—Gracias, cielo. —Forcé una sonrisa que debió parecer una mueca extraña.
Alejandro comía tranquilamente a mi lado, intentó