Anahí llegó al hotel con el corazón en un puño. Apenas mencionó el nombre de Alfonso, una recepcionista con expresión nerviosa le indicó hacia dónde debía ir. La guiaron a través de un pasillo alfombrado, silencioso, hasta un salón privado.
La puerta se abrió con un chirrido suave. Anahí dio un paso y se quedó inmóvil.
El lugar estaba lleno de juegos. Había colchonetas de colores, toboganes inflables, una alberca de pelotas gigantes, hasta una mini pista de carritos eléctricos. Era como un peque