Al día siguiente, el sol apenas se asomaba entre las cortinas cuando Hernán ya estaba listo, vestido con su pijamita azul de dinosaurios, sosteniendo su peluche favorito con fuerza entre sus pequeños brazos. A pesar de su corta edad, parecía entender que ese día era diferente… importante.
En la sala, sus hermanitos lo esperaban con rostros somnolientos y los ojos vidriosos. El primero en acercarse fue Helmer, quien lo abrazó con un impulso torpe pero sincero.
—No vayas al cielo, nunca, nunca —le