Darina caminaba de un lado a otro, presa de la ansiedad.
No podía estarse quieta, sus manos temblaban ligeramente y el pecho le dolía de tanto contener la respiración.
Hermes, que hasta entonces había guardado silencio respetuoso, se acercó y tomó su mano entre las suyas.
—Estoy aquí —le susurró con voz grave y cálida—. Todo va a salir bien, Darina.
Ella asintió, pero sus ojos, llenos de angustia, decían otra cosa.
En su mente se repetían las palabras de su pequeño Hernán, su deseo más profundo: