—Escúchame bien. A partir de ahora, vivirás en esta mansión —sentenció Hermes con voz firme—. Quiero estar al pendiente de mi hijo.
El corazón de Darina se encogió. Su respiración se volvió errática y sus manos temblaron. Era como si las paredes se cerraran a su alrededor, sofocándola.
—¡Yo… no puedo! —suplicó, su voz quebrada por el pánico.
Hermes la miró sin inmutarse, su expresión tan impenetrable como una muralla.
—Vas a poder —afirmó con frialdad.
—¡Mi madre está enferma! ¡Debo cuidarla en