"Bienvenidos", nos dice una sacerdotisa, saliendo del templo y dándonos una gran sonrisa. Le devuelvo la sonrisa con ansias, subiendo las escaleras con la silla del bebé e introduciendo a nuestro grupo. Obviamente ella sabe quiénes somos. Nadie podría confundir a Sinclair con alguien más, no cuando su cara está en todos los medios de comunicación todos los días y su coronación se aproxima.
Pero mientras nos saluda a todos con la cabeza y entra con nosotros al templo, me pregunto si ella sabe.