Había pasado un mes.
Un mes desde el incendio. Desde que perdí a mis hombres. Desde que Sofía cayó en coma.
Me mudé a mi segunda casa en Manhattan, uno de los áticos más caros de la ciudad. El lugar estaba en lo alto de las calles, privado, seguro. Tenía de todo: ventanas de piso a techo, pisos de mármol, una piscina en la azotea. Pero nada de eso importaba. No cuando Sofía todavía estaba acostada en una cama de hospital, sin moverse.
Todos los días, la visitaba. Se sentó a su lado. Vio el piti