—Incluso si no me casara con Jeremías, nuestro amor está muerto, Ethan.
Él negó, con vehemencia, su rostro marcado por la desesperación. Intentó acunar su rostro entre sus manos temblorosas, pero ella retrocedió con brusquedad, como si aquel contacto quemara su piel, como si la sola idea de volver a sentirlo fuera insoportable.
Ethan cayó de rodillas, derrotado, roto en medio de aquel balcón, parecía otro, ya no el hombre fuerte y arrogante que ella una vez enfrentó.
—Te lo suplico —su voz se qu