—Sí —admití en voz baja, con la voz temblorosa.
—¿Quieres que pare?
Ni de coña. Habíamos llegado hasta aquí. Lo quería todo, el dolor incluido.
—No —dije suave, negando con la cabeza.
Me levantó la barbilla con cuidado, el pulgar borrando la huella húmeda de la lágrima en mi mejilla. El roce fue tan tierno que me dolió el pecho de buena manera.
—Dime cuándo quieres seguir —susurró, y ahora su voz era solo suavidad.
Asentí y apoyé la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su c