—Eres mía, conejita. Dilo hasta que lo creas —ordenó, su voz ronca, sin aliento, su frente presionada contra la nuca mientras se empujaba con más fuerza contra mí, su ritmo implacable.
—¡Soy tuya… soy tuya! —grité, las palabras saliendo una y otra vez, rotas entre gemidos y jadeos. Mi garganta se sentía en carne viva, mi cuerpo ardiendo, pero no podía dejar de decirlo, no podía dejar de necesitar que él lo oyera.
Emiliano gruñó, el sonido tan profundo que retumbó contra mi piel, y sus embestida