Dos días después, finalmente me rompí. Ya no podía seguir luchando. El trozo de papel me había estado persiguiendo como un fantasma, guardado en el cajón de mi mesita de noche donde creía que se quedaría olvidado. Pero nunca me dejó en paz. Cada vez que me cambiaba de ropa o buscaba algo dentro de ese cajón, veía la esquina doblada asomando, como si me estuviera desafiando.
Esa noche, ya no pude ignorarlo. Mis manos temblaban cuando lo saqué, desdoblando los pliegues lentamente, casi con revere