El aire fresco de la noche me rodeó, rozando mis piernas desnudas. Mi abrigo apenas me cubría, y el roce del viento se sentía como manos recorriendo mi piel. Mis tacones resonaron suavemente sobre el pavimento mientras me dirigía hacia las puertas de vidrio; el sonido retumbaba demasiado fuerte en mis oídos. Pero levanté más la barbilla, fingiendo que había entrado en lugares como ese toda mi vida.
Dentro, el vestíbulo me dejó sin aliento una vez más. Los suelos eran de mármol pulido, tan brill