Punto de vista de Emilio
El apodo me golpeó como una ola. Azúcar. Nadie me había llamado así antes. Mi cara se puso roja al instante. No sabía si reír, disculparme o simplemente derretirme en el suelo.
—Yo… eh… lo siento —balbuceé, con la voz apenas por encima de un susurro.
Pero él no se apartó. Su mano se quedó donde estaba, firme contra mi cintura. Mi camisa se había subido un poco cuando tropecé, y me di cuenta de que sus dedos estaban sobre mi piel desnuda. Cálidos. Ásperos. Firmes.