34. Pagará las consecuencias
Alaric
La veo irse.
No corre.
No huye como una presa asustada, como habría hecho cualquier otra loba después de desobedecerme.
Camina.
La espalda rígida, el mentón alto, la sangre todavía marcándole el costado del rostro como una línea de guerra. Cada paso es torpe, pero decidido. Y eso… eso me irrita más que el miedo.
Aprieto la mandíbula mientras su figura se pierde entre los árboles.
Una parte de mí —la parte que no admite debilidades— calcula cuánto tardaría en alcanzarla. Dos segundos. Tal