Maria abrió los ojos lentamente.
-¿Qué hora es? -murmuró, frotándoselos con sueño mientras se incorporaba.
Su mirada se dirigió hacia el reloj.
-Mierda. Ya es la tarde. Tengo una reunión importante en Nueva York en dos días.
Justo entonces, Peter salió del baño.
El agua le goteaba del cabello y le bajaba por el pecho, con una toalla blanca atada flojamente a la cintura.
-Buenas tardes, señora -saludó con educación.
Maria se volvió hacia él... y se quedó congelada.
-Oh... -susurró por lo bajo.
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