Habían pasado dos semanas.
Después de hablar con Mirabel casi todos los días, Kelvin por fin decidió que era hora de volver a verla.
Esa misma mañana la había llamado para decirle que necesitaba discutir algo con ella en su oficina.
Honestamente, pensó que ella se negaría.
Sin embargo, aceptó.
La oficina no era exactamente el lugar donde una mujer esperaría que la invitaran a salir, pero él estaba realmente ocupado y era el único momento que tenía disponible.
Su hijo dormía plácidamente en una