Pronto, Celia detuvo el auto frente a una majestuosa villa.
Ambos se acercaron a la puerta de la mansión, donde dos fornidos guardias musculosos emanaban una aura intimidante.
Si fuera una persona común, solo estar de pie frente a estos dos hombres de negro sería suficiente para debilitar las piernas.
Los hombres de negro mostraron respeto al ver a Celia. —Celia, has regresado.
Celia asintió suavemente. —Sí, he traído a un médico para que vea al viejo.
Los dos hombres miraron a Juan con sorpresa