33. Lo que las cadenas no sueltan.
★Robert★
En cuanto ella se fue me quedé con el corazón en la boca.
Por primera vez en años, el lobo estuvo feliz. Y yo no sabía qué hacer con el sabor de sus labios en los míos. Me pasé la mano por el pelo, revolviéndolo.
«Si su loba despierta mañana, vamos a perderla para siempre».
—Lo sé.
«Entonces no guardes esperanzas. Llegaste tarde. Decidiste ignorarme estos años y ahora no tenemos oportunidad».
—Basta —gruñí dándole una patada a la pared y cerré la puerta de un golpe.
En la mañana, Maria