24. El torneo. Parte dos.
Adrien.
Drevon retrocedió un paso. Solo uno.
Yo me quedé con la mirada fija en esa criatura. No era un rinoceronte. No era un hombre. Era una pesadilla erguida en dos patas. Piel gruesa como armadura, garras que brillaban bajo la luz del coliseo, y unos ojos rojos que prometían dolor.
El público rugía. No aclamaba. Exigía sangre. Y nosotros éramos el sacrificio.
No.
No hoy.
Me desabroché la camisa con una frialdad que no sentía. El aire frío de la arena me quemó la piel. Cada botón que sal