Esa noche, cuando finalmente cerraron, Tara sintió el cansancio caerle encima de golpe.
Apagó la última luz del salón y encontró a Mateo esperándola apoyado contra la barra.
—¿Sobrevivimos? —preguntó él.
Ella soltó una pequeña risa.
—Apenas.
Tomó su bolso, pero no caminó hacia la salida.
Se quedó allí, pensando.
Mateo lo notó de inmediato.
—¿Qué pasa?
Tara respiró hondo.
—Necesito decir algo antes de que esto avance más.
El tono hizo que él se enderezara, atento. Sin presión.
—Está bien.
Ella a