Toda la sala de estar apestaba a sangre y tensión. Los muebles estaban ligeramente desordenados debido a la lucha anterior, con manchas de color carmesí oscuro que cubrían el suelo y el sofá.
Michello caminó directamente hacia donde estaba sentado Enzo, sus ojos agudos bajando hasta la profunda herida en el muslo de su hermano. El estómago se le revolvió violentamente al verla.
La rabia—ardiente, protectora e implacable—se apoderó de él como fuego corriendo por sus venas.
—¿Quién te hizo sangra