La puerta se abrió de golpe y Enzo entró, con la chaqueta del traje colgada de un brazo. La tela se sentía cálida por el calor de su cuerpo. Se dirigió hacia su habitación cuando vio a Lokie en la mesa del comedor. Estaba sentada allí mirando a la nada, con los ojos distantes y los hombros ligeramente caídos.
No era solo esta noche. Los últimos días había estado así: fría, ausente, apenas presente. Nada que ver con la mujer con la que se había casado, esa que vivía para provocarlo y ver cómo re