La risa de Michello resonó por las paredes del espacioso despacho de Enzo, profunda y descontrolada. Se sujetaba el estómago, con los hombros temblando mientras una sola lágrima se escapaba del rincón de su ojo y rodaba por su mejilla.
Enzo permanecía rígido detrás de su enorme escritorio, con el rostro contraído en una mueca de dolor. Cada estallido de risa de su hermano se sentía como sal frotada sobre una herida abierta. En lugar de recibir simpatía, se estaba llevando burlas.
—Michi —gruñó