Creí que Sofía intentaría detenerme. Al fin y al cabo, desde que éramos niñas, su mayor diversión había sido llevarme la contraria y disfrutar de mi sufrimiento.
Pero esta vez soltó una carcajada y me empujó hacia delante.
—En esta casa solo estorbas. Al menos ahora podrás ir a asearlo y cambiarle los pañales por mí. Mírate: estás tan desesperada por conseguir un hombre que hasta te ofreces a un paciente en estado vegetativo. ¿No te da vergüenza rebajarte de esa manera?
Bajé la cabeza y no respondí. Podía librarme de aquella familia y ganar treinta millones de dólares. No veía la hora de que aceptaran mi oferta.
En cambio, el espíritu de Sebastián estaba tan furioso que flotó hasta colocarse detrás de Sofía y empezó a lanzar puñetazos al aire.
—Así que todo era mentira. Me dijiste que Renata te maltrataba desde pequeña. ¡Pero eras tú quien la maltrataba a ella! No puedo creer que una miserable como tú me haya engañado de esa manera.
Su resentimiento era tan intenso que hasta el aire pareció enfriarse varios grados. Me estremecí en silencio y me acerqué por mi cuenta a la señora Macías.
—Soy Renata Mendoza, la hija biológica de los Mendoza. Si usted está de acuerdo, estoy dispuesta a casarme con Sebastián en lugar de Sofía.
La señora Macías, que hasta entonces tenía el rostro ensombrecido por la preocupación, me miró con esperanza. Desde el accidente de Sebastián, su familia había asegurado públicamente que se recuperaría muy pronto. Si su prometida lo abandonaba en ese momento, la familia se convertiría en el hazmerreír de todos; además, la gente perdería la confianza en ella y las acciones de su empresa se desplomarían.
Yo acababa de convertirme en su salvación.
La señora Macías me tomó de la mano con emoción.
—¿De verdad estás dispuesta? Sebastián no está consciente, así que ahora mismo no puede casarse por lo civil ni celebrar una boda contigo. Por ahora mantendremos públicamente su compromiso con Sofía para evitar otro escándalo. Pero, si lo cuidas bien y él te acepta cuando despierte, yo misma me encargaré de que formalicen el matrimonio civil y celebren la boda.
Asentí con docilidad.
—Sé cuidar muy bien de los demás. Desde pequeña me ocupé de mis abuelos, que no podían valerse por sí mismos.
El espíritu frunció el ceño y flotó hasta mi lado. Me examinó de pies a cabeza, y el frío que emanaba de él me recorrió la espalda. Fingí que no podía verlo y seguí hablando para convencerlos.
—Sé cocinar, ayudar a cambiar de postura a una persona que no puede moverse y colaborar con su aseo siguiendo las indicaciones de los profesionales. También tengo mucha paciencia.
Mis padres intervinieron de inmediato para congraciarse con la señora Macías.
—Sí, Renata nació para servir a los demás. Es perfecta para cuidar a Sebastián. Como sus padres, aprobamos esta unión. Pueden llevársela ahora mismo.
Me echaron de casa con la impaciencia de quien se deshace de un objeto inútil. Detrás de la puerta quedó la risa estridente de Sofía.
—Una con un aura sombría y el otro en estado vegetativo. Dos medio muertos: son la pareja perfecta.
El espíritu negó con la cabeza al oírla.
—No sabía que Sofía pudiera ser tan cruel. Toda aquella dulzura e inocencia eran una farsa. Estuve ciego, pero cuando despierte le daré treinta millones de dólares a Renata. ¡Quiero ver cómo Sofía se muere de rabia!
Lo vi atravesar la pared y salir flotando.
En silencio, recé con todas mis fuerzas: "Prometiste treinta millones. Por favor, cumple tu palabra".