Tras la destitución de mi padre, la emperatriz viuda decidió actuar.
Pasó tres días en su palacio alegando estar enferma. Convocó a sus parientes y mandó a su dama de confianza al norte del río con una orden.
El documento decía que, aunque yo había salido de la familia imperial, había recibido un título de la corona y debía volver a la capital para cuidarla. Si desobedecía, se me acusaría de faltar a mis deberes familiares y todos los Salazar sufrirían las consecuencias.
Era la misma estrategia