Capítulo 24: Dante

El cuarto de baño estaba en silencio. No hice ningún ruido al abrir el grifo, recoger agua con las manos y bajar la ola para lavarme. El sabor de la esencia de Nero permanecía en mi lengua, y agarré el cepillo de dientes a ciegas, casi enloquecido en mis movimientos para exprimir la pasta de dientes sobre sus cerdas.

Ni siquiera el sabor de la pasta de dientes de menta podía borrar su tacto. Escupí el agua con la que me había enjuagado la boca en el lavabo del baño, sintiendo cómo las gotas de agua me refrescaban la cara.

Una mirada al espejo frente a mí lo decía todo: parecía agotado, pero más que eso, parecía tan avergonzado como me sentía.

Como un perro llamado a la obediencia.

Pensé en esos breves momentos en los que había estado de rodillas en el estudio, dejando que Nero hiciera lo que quisiera, incluso disfrutando un poco de ello: la forma en que un cosquilleo recorría mi espina dorsal cuando sus uñas
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