Adrian
La sostuve en mis brazos mucho después de que mis hermanos nos dejaran, rozando mi rostro contra su mejilla, su hombro, su pecho. Quería que cada parte de nuestros cuerpos se tocaron. Cada momento en el que no nos tocábamos era una tragedia.
Ariella pasó sus uñas por mi espalda y acarició suavemente mi cuello. Sus besos eran suaves y delicados. Me apoyé sobre un codo y le sonreí. —Parece que estás pensando muy intensamente en algo.
—Lo estoy.
—¿Un centavo por tus pensamientos?
—Bueno, s