Natalie fue la primera en llegar a casa de Lucía cuando se enteró del incidente.
No dejaba de llamar a la puerta y gritaba ansiosa: —Lucía, abre la puerta. Soy yo, Natalie.
Después de mucho tiempo, la puerta se abrió lentamente y el rostro de Lucía estaba demacrado, con los ojos hinchados.
Natalie la abrazó preocupada y le dijo: —Lucía, no te preocupes por lo que diga esa gente, no te conocen de verdad.
La voz de Lucía era ronca: —Natalie, no sé qué hacer, siento que mi mundo se ha derrumbado.
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