A medianoche, Leonardo salió del aeropuerto y le dijo a chófer que fuera al hospital.
El doctor Geno había recibido la noticia por la mañana, así que había estado esperando en su despacho.
Estaba escribiendo un caso cuando se abrió la puerta del despacho, levantó la vista y vio que entraba Leonardo.
Medía cerca de un metro noventa, le rodeaba un aura poderosa y su apuesto rostro era tan inexpresivo que asustaba.
El doctor Geno dejó la pluma en la mano y sonrió: —Señor Ramos, siéntese.
Leonardo s