Tina miraba a él con calma hasta que terminó su frase, y luego se mofó.
—Rafael, te sobrevaloras, no quedé embarazada para vengarme de ti, es sólo que quería un bebé propio.
La cara de Rafael se puso blanca y sus ojos rojos mientras agarraba la muñeca de Tina.
—¿Cómo puede ser eso? ¿De verdad no sientes nada por mí?
—Ya no, en absoluto.
Tina parecía tranquila, sin tristeza en los ojos.
El día en que Rafael la empujó por las escaleras por otra mujer, ya no había ninguna posibilidad entre ellos.
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