Sabrina luchaba por llevar a Jonathan Grimm al auto, porque él estaba tan necio, hasta que, por fin, logró meterlo en su auto.
El hombre se puso en el asiento, rio como si fuera un chiste, ella le miró con desconcierto, tuvo un mal presentimiento.
—Doctor, ¿Bebió algo?
—Nada, no, yo no bebo alcohol, mi padre era un borracho y nunca-nunca lo hago, solo bebí el coctel sin alcohol que me dio la señora Ford.
—¿Fátima?
—No.
—¿Evana?
—No, Stella Ford…
—¿Stella…? —susurró Sabrina, de pronto tuv