—¡Sabrina, espera! —gritó Jonathan Grimm al ver que la mujer se iba de su alcance.
Ella se alejaba a toda prisa, una lluvia comenzó a caer, se sentía perdida, solo quería ir a casa, hasta que se detuvo.
«¡Ni siquiera tengo una casa, ningún hogar en el mundo, mamá ya no está, y mi padre, aunque me ame, tiene a Fátima, esa mujer nunca me dejará volver!», pensó con tristeza.
La lluvia fría la empapaba.
—¡Sabrina!
Escuchó la voz de ese hombre, pero no quería verlo, estaba de espaldas, sintiendo