Mientras ella recogía su bolso, vio su gorra sobre la mesita de la cama. Lo tomó y lo miró, se había olvidado de su existencia.
—Ricitos—se sobresaltó al escuchar la voz del hombre que acababa de robarle el beso detrás de la puerta—Voy a entrar.
Ella no le contestó. Depositó de nuevo la gorra sobre la mesita, se recogió el pelo que tenía desordenado y como no tenía con qué amararlo, se hizo una trenza rápida.
Caminó hacia la puerta, la abrió y allí estaba él pegado a la pared de lado.
—Puedo ll