La marca registrada
Con su imponencia única y su porte sublime, Cristian se acercó al centro de la terraza, colocándose a mi lado con una actitud altanera como de costumbre, dando a demostrar que cada vez se le hacía mucho más fácil equilibrar las dos caras de esa moneda que él ahora era: podía ser el hombre cariñoso y tierno en el que ahora se había convertido, pero sin abandonar la capacidad de imponer su autoridad a voluntad.
No era un gesto que yo desdeñase en lo absoluto, al contrario, en