El hombre se rió y se quitó el pasamontañas que llevaba, haciendo que me congelara en el sitio.
Ahí estaba, casi irreconocible para el resto del mundo pero no para mí, el hombre al que amaba más que nada en este universo.
Quise decirle muchas cosas que se quedaron atrapadas en mi garganta, pero él me sorprendió con un abrazo de oso.
—Nikolay…
—Margaret… No tienes idea de la falta que me has hecho.
Sentí mi corazón acelerarse.
—Yo también te eché de menos… —musité.
—Mañana es el gran día —dijo