—¿¡Qué estupidez estás diciendo, Robert!? —David se inclinó y le obligó a mirarlo—. No estarás pensando en volver a Los Ángeles, ¿o sí?... Robert…
—No… volver sería como entregarme a la justicia y no estoy dispuesto a ir a la cárcel, al menos no hasta que encuentre a mi hijo.
Rascándose el ala de su nariz, David Ferrer le mantuvo la mirada.
—¿Seguro que no me estás ocultando algo?
Sonriendo sin ánimos, Robert movió la cabeza en negación.
—Seguro… Solo lo digo porque hay un tiburón tras de mí, p