Anna lo extrañaba. Pasó varios días llorando en brazos de su madre, escondida de su padre, quien solo la observaba callado. Él sabía, no necesitaba demasiado para darse cuenta de que su Any tenía el corazón roto. Pero conocía a su hija, solo necesitaba tiempo.
Hasta esa mañana que la encontró esperándolo en la cocina con el café listo y la ropa de trabajo, las botas altas y el cabello recogido. Y una sonrisa. Tampoco dijo nada, solo se acercó a ella y puso una de sus manos en la cabeza de Anna.