Y a pesar de que sabía que era mejor así, Anna extrañaba su presencia silenciosa detrás de esa puerta. Al principio, golpeaba la puerta con cierta timidez, temiendo que él estuviera dentro y no supiera qué decirle. Con el paso de los días, empezó a sentir alivio al no verlo, pero ese alivio pronto dio paso a una decepción sutil y persistente.
Su oficina se había convertido en el último tramo de su rutina. A veces se apresuraba con las demás tareas para disponer de unos minutos extra y curiosear