Jack.
Eran las siete de la tarde y estábamos en casa de Francisca. La idea de prepararle una sorpresa por su cumpleaños había nacido hace una semana, y ahora la adrenalina se sentía en el aire. Todo estaba fríamente calculado para que saliera perfecto: tiempos, detalles, incluso las mentiras piadosas.
Kat hablaba por teléfono con Carla para confirmar que todo estuviera bajo control del otro lado. Mi novia había resultado ser nuestra cómplice perfecta: la distracción ideal para mantener a Fran o