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Capítulo II: Nuestro secreto

Al salir en el primer piso, justo la puerta del ascensor se abrió. La recepción  era amplia; de tal manera que el ascensor quedaba en medio, con la vista a la puerta del exterior. De modo que la persona que salió de él no pudo verla hasta que giró la cara. Fingiendo ignorancia, Dayana salió, cruzó en la esquina y salió a la sala principal del edificio. Los pasos resonaron a su espalda. Casi podía sentir el aliento chocando en su nuca.

“Mañana vendré con el pelo suelto”. Anotó, para evitar sentirlo tan cerca.

-¿Tienes auto? - el gerente se paró en la acera. Dayana giró la cara levemente - ¿quieres que te lleve?

“Sería mejor ir sola que con el diablo acompañándome”. No confiaba en él, en lo absoluto - No, gracias. Prefiero tomar el bus.

-No tengo problema con llevarte…

Antes de que terminara de hablar, Dayana se giró y empezó a caminar - hasta luego - pronunció al alejarse.

Tenía que tomar un bus hacia el metro que la llevaba a casa. Vivía lejos, ya que el centro de la ciudad era muy caro; pero encontró una casa cómoda, la cual modificó a su conveniencia. Además, estaba en un lugar bastante seguro.

Cuando llegó, puso el código de la puerta principal y entró al pasillo. Al ser un lugar barato, tenía un solo nivel; sin embargo, los apartamentos eran grandes, aunque no había mucha gente viviendo ahí. Atravesó el pasillo hasta la última puerta e ingresó el código. Un pitido sonó; entonces, giró la manija. La oscuridad nubló sus ojos. Al entrar, cerró para luego vaciar sus bolsillos.

Lo único que llevaba encima era un pequeño monedero y el celular. Los dejó en la mesita frente a los sofás que estaban ante la puerta. Apoyada en el rincón junto a la entrada, había una puerta abandonada a punto de resbalarse; pero como estaba acostumbrada a verla, no le prestó atención. En cambio, fue al pasillo del lado derecho. Debía bañarse y cambiarse; no obstante, necesitaba hacer algo más antes de eso.

La pared de un lado tenía una parte hecha de un material diferente. El repello blanco se interrumpía con el color de la madera. Justo donde empezaba el cambio, había un mueble pequeño a la altura de sus muslos. A simple vista parecía el estilo exótico del apartamento. Con una pared de madera adornando el costado del pequeño pasillo que conducía a una ventana alta; pero al mover el mueble quedó al descubierto una cerradura de llave.

Dayana se acercó a la ventana y levantó una única maceta que había en ella. Un objeto metálico quedó al descubierto. Se pegó a la ropa la maceta para luego estirar la mano libre hacia la llave. Sin embargo, un sonido detuvo sus movimientos.

¡Ding… Ding!.

El timbre sonó. De inmediato volvió a colocar todo en su lugar y fue a la puerta. Al abrir se encontró con su vecino parado afuera - Hola - saludó alzando una mano - te vi llegar hace rato - El muchacho era joven. De unos diecisiete años, más o menos. No estaba segura. Lo único que tenía claro era que era menor de edad.

-Hola - saludó. Intentó sonreír; pero el aburrimiento regresó sus labios a su lugar.

El chico la escaneó y de repente señaló - ¿qué te pasó?, ¿te caíste?

Dayana miró sus costillas. Marcas de tierra mancharon su ropa - ah, no - levantó la cara - estaba arreglando mi flor.

El chico sonrió - ¿tu flor? - bromeó - si es solo una rama seca que murió hace tiempo - aunque reía dijo la verdad.

Dayana parpadeó - ¿cómo lo sabes? - era imposible hacerla enojar con un par de palabras; así que lo tomó de buena manera.

-Puedo verla desde el callejón de al lado. Soy alto, así que puedo ver todo por tu ventana.

-Cierto. Has crecido mucho últimamente - entabló una conversación sin emociones - ya eres más alto que yo en solo un año y medio que llevo viviendo aquí.

-Sí - se aclaró la garganta, para luego inclinarse y sujetar la puerta medio abierta - ¿puedo entrar a tu casa? - enfocó la vista, con su brazo pasando a un lado de la cabeza de Dayana.

Era lo que esperaba, sabía lo que quería desde un principio - hoy… tengo mucho trabajo - A pesar de sus insinuaciones constantes, nunca le había dado esperanza. Su ex novio, no la había dejado de molestar; además, no estaba de humor para involucrarse con un niño - me iré a dormir pronto - empujó la puerta.

-Espera… - él no la dejó cerrar. Su rostro cambió de sensual a afligido - Mi madre no ha venido aún. No quiero estar solo en casa. ¿Puedo hacerte compañía? - su actitud dependiente era lo que removía su corazón, provocando que siempre lo dejara entrar.

-Pasa - se apartó y fue al sofá.

Él vivía con su madre a unas puertas de la suya. La señora era madre soltera y lo dejaba solo a menudo. Por eso, se acostumbró a buscarla y tratarla como si fuera su madre. Para Dayana era tierno que siguiera siendo tan dócil a pesar de ser tan grande.

Al entrar, se detuvo por un momento - ¿quieres que mueva la puerta de lugar? Se puede caer en cualquier momento.

Dayana se sentó, apoyando un brazo en el costado del sillón - ahí está bien. No tengo dónde ponerla.

-Bueno - siguió y se sentó tan cerca que su pierna casi quedó sobre la de ella - ¿por qué regresaste tan tarde hoy? No es normal que tengas mucho trabajo. ¿Acaso saliste con…

-Tuve problemas en el trabajo. Me atrasé mucho - interrumpió, recostando la cabeza y cerrando los ojos.

-Oh - de pronto, algo frío envolvió su mano - ¿estás muy cansada?, deberías ir a la cama - supo que él la agarró con firmeza. También notó que estaba muy cerca, ya que su aliento le rozó la mejilla.

-Iré cuando vengan por ti.

-Bien - la mano se retiró para luego sentir algo pesado en las piernas.

Abrió los ojos, para verlo recostado cómodamente, como si fuera a dormirse. Dayana se recompuso, a punto de levantarse - iré a tomar agua.

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