Mundo de ficçãoIniciar sessãoJaziel apartó los ojos de la computadora para dirigirlos a la hoja - Repítelo - no dijo nada más.
Dayana se sorprendió - pero… - escaneó la hoja - ¿qué está mal?
-Todo - sus dedos teclearon sin parar.
Una punzada de coraje apretó los puños de Dayana - Bien - disimulando el mal genio tomó la hoja y la echó a la basura de camino a su puesto.
Una hoja tras otra se fue amontonando en el recipiente; mientras la oficina se fue llenando con sus compañeros. Su estómago rugía cada cierto tiempo, tan fuerte que incluso temió que lo escucharan los demás. Después de terminar el documento número cien, se levantó para mostrárselo a su jefe; sin embargo, él no estaba en su escritorio.
Dio media vuelta, buscándolo; no obstante, no había sombra de su figura por ninguna parte. No era alguien pequeño; así que no era posible que estuviera escondido en alguna esquina. En vista de que desapareció, dejó la hoja en su escritorio y fue a la cocina. Aunque había refrigerador ahí, solo lo usaban cuando algún trabajador llevaba su propia comida. Había una máquina expendedora; pero únicamente vendía bebidas que no le apetecían.
Entonces, decidió tomar un poco de agua para menguar el hambre. Después, salió para ver que el gerente había regresado - ¿has revisado el documento? - vio el escritorio; pero la hoja ya no estaba. En su lugar, había un paquete de cafés preparado por la cafetería cerca del edificio.
-Así está bien - Jaziel empujó el paquete con un dedo - puedes tomar uno - luego siguió tecleando.
Aunque todo lo que tuviera que ver con él era molesto, la tentación fue demasiado grande. El paquete tenía muchos vasos; así que creyó que lo compró con la intención de repartirlo al grupo completo - Gracias - tomó uno.
Con el café en la mano, se dispuso a regresar a su lugar; pero de camino, su teléfono sonó. Al sacarlo, vio un número no registrado; sin embargo, de tanto leerlo, ya lo sabia de memoria. Cambió de dirección y fue al pasillo, contestando en el proceso.
-Hola - su voz sonó suave y gentil - ¿qué pasa?
Una voz tierna le respondió - Hola, ¿qué haces?
-Estoy trabajando.
-Ah - luego habló más bajo - he aprovechado un descuido de mi abuela para llamarte. Ella está en el baño.
-¿No has ido a la escuela? - se preocupó - ¿estás enfermo? - sin darse cuenta, caminó hasta el ascensor. Al no tener más camino, cruzó al comedor.
-No, la abuela no se sentía bien - escuchó un sonido - ahí viene. Este fin de semana iré al parque - informó apresurado.
-Ahí estaré - respondió - adiós, coraz…
El pitido sonó en el teléfono. La otra persona colgó antes de que terminara de responder. Dayana lo separó de su oreja para confirmar antes de que la pantalla se apagara. Luego, lo guardó en su bolsillo y se giró. Una figura seria, parada a su espalda, la sorprendió. El jefe se detuvo por un momento junto con otra persona. Sus vistas se conectaron un segundo antes de que él siguiera y presionara el botón del ascensor.
Dayana se alarmó. Seguramente la regañaría por estar perdiendo el tiempo. De inmediato, se apresuró a regresar. Puso el café a un lado; mientras trabajaba y sorbía de vez en cuando. Después de un tiempo, sintió un peso en el hombro. Al voltear, unos dedos largos se posaban en la tela suave de su camisa. Al levantar la vista, vio el rostro sonriente de Jaziel.
-Disculpa, he contado mal a las personas y no me alcanzaron los cafés. ¿Puedes devolver el que tomaste?
Toda la sangre se escurrió del rostro de Dayana. No sabía si era por vergüenza o rabia; pero no pudo evitar sentirse mal. Entendía muy bien las intenciones del gerente. No desperdiciaría cualquier oportunidad para humillarla - ¡ah! - se levantó, obligándolo, sin querer, a dar varios pasos atrás - está bien, pero este ya lo he tocado. Iré a comprar uno nuevo - de prisa, movió los pies como si hubiera fuego en el suelo.
En cuestión de instantes, bajó las gradas y llegó a la cafetería. Cuando regresó, tenía un café nuevo del mismo tipo que el anterior - Aquí está - sus dedos se calentaron con el cartón.
-Llévaselo al gerente Carlos - le dijo, sentado en su escritorio.
-Bueno - soltó en un suspiro. La humillación todavía seguía presente.
A parte de Jaziel había otro jefe; pero en diferente materia. Algunas veces los dos tomaban decisiones juntos, cuando el caso era importante. De igual manera, Dayana tenía que obedecer la orden del otro, si en dadas las circunstancias necesitaba ayuda. Por otra parte, Carlos poseía una oficina cerrada, dado que él tenía más tiempo en el edificio.
Dayana tocó la puerta medio abierta - adelante - una voz rasposa respondió. Luego, la puerta fue descubriendo el rostro de un hombre mayor. Los años ya marcaban su cara, dejando piel colgando en sus mejillas. La mitad de su cabello estaba teñido de blanco. Era un hombre de experiencia - ¿qué problema tienes? - pero la energía seguía presente.
-El gerente Jaziel le manda esto - alzó el vaso y fue a depositarlo en su escritorio.
El viejo, hizo el intento de sonreír a pesar de las arrugas - dale las gracias de mi parte.
Dayana asintió y volvió a cerrar. El aura de ese lugar era como un sepulcro. Solitario y frío. Solo faltaban flores para anunciar que ese viejo ya estaba muerto. El resto del día se la pasó de un lado a otro haciendo mandados para el jefe. Al llegar a su casa, los pies le ardían enormemente. Solo tuvo que tocar la cama para que sus ojos se cerraran y cayera dormida.
El fin de semana, los cuales eran sus únicos días libres, tomó el metro para un lugar más lejos. Dónde el tránsito era relajado y las personas no andaban corriendo de un lugar a otro. Llevó una maleta, con los objetos necesarios para una noche; aunque no sabía si lo iba a usar. El sitio, era su lugar natal. No tenía mucha afinidad con él; pero, de cualquier manera, viajaba seguido únicamente por una cosa.







