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Capítulo V: Pequeño susto

Por bastante tiempo, dio vueltas en un taxi, buscando un parque que fuera divertido. Hasta que encontró uno con columpios, una casa de madera y resbaladeros. Varios niños corrían por todos lados. Dayana los escaneó hasta que vio una cabeza conocida - aquí me bajo - informó.

El hombre paró. Dayana sacó dinero de su billetera y lo entregó a la mano extendida hacia atrás entre los asientos. Luego, bajó a la acera que rodeaba el parque. Cuando el taxi se fue, comenzó a caminar tras las bancas donde estaban los padres, a una distancia considerada para que no la vieran. Cubierta por el jardín que adornaba la parte exterior, llegó a la orilla.

Una de las personas en las bancas miró hacia su lado. De inmediato, dio un paso atrás. No podía ser vista por ella o sería su fin. Después, se paró recta, salió un poco y escaneó a los niños. Su vista se conectó con el pequeño jugando sobre la casa. Una sonrisa pícara se formó en la comisura de los labios del niño. Intentando disimular, se bajó. Dayana regresó el paso de nuevo, manteniéndose escondida.

Un tiempo después, el niño apareció ante ella - hola - susurró - tardaste mucho.

Dayana sonrió - no me dijiste a qué parque vendrías - se agachó - tuve que buscarlo - extendió los brazos y el niño se echó en ellos contra su pecho - te extrañé.

-Yo también - despegó la cara, hablando muy bajo - mi tía Carmen está ahí. No me ha visto venir aquí.

-Muy bien, ¿a dónde quieres ir primero?

El niño se despegó por completo - tengo hambre, vamos a un restaurante.

Dayana se levantó y extendió los dedos para que el niño los tomara - como tú digas - empezaron a caminar, alejándose de las personas - ¿no comiste en casa?

-Sí comí, pero tengo hambre de nuevo.

Una suave risa sonó por la calle. Las personas que pasaban no podían sospechar que era un peligro para el niño. Nadie les prestó atención hasta que llegaron a un restaurante con pocos clientes - ¿quieres comer aquí?

-¿Tienen papas fritas? - preguntó, antes de responder.

-Sí.

-Entonces sí - su estatura no era tan pequeña. Le llegaba al menos cerca del pecho. No era tan ignorante y tonto. Aproximadamente, tenía unos diez años. Capaz de pensar con detenimiento y tomar sus propias decisiones. No se notaba que estaban rompiendo las reglas.

Entraron. Las mesas estaban dispersas a un lado. Después de ellas, había un espacio abierto con juegos para niños - ¡Sí! - se alegró - vamos allá.

Eligieron una mesa cercana a los juegos. El lugar era agradable. Con suficiente espacio e iluminación, ya que los vidrios de las ventanas eran transparentes. Las voces de las personas eran suaves y soportables. Los niños jugaban tranquilamente por un lado - ¿te pido hamburguesa? - le preguntó; pero el pequeño estaba distraído hasta el punto de que no se dio cuenta cuando Dayana se sentó - Jacobo - llamó.

El pequeño tuvo un sobresalto - ah, sí - asintió.

Dayana dudó si realmente la había escuchado; pero aún así dijo - ve a jugar - en cuestión de segundos, Jacobo desapareció.

Solo hasta que la comida estuvo en la mesa, el niño volvió. Sentado uno frente al otro; debido a que los asientos eran tipo banca y no se podían mover de lugar. A la derecha, el vidrio mostraba los juegos; al otro lado, se encontraba la fila de mesas restantes antes de llegar a la entrada. Los cubiertos sonaron; aunque no los usaran de la manera correcta.

-¿Cómo vas en la escuela?

Pese a su edad, todavía se manchaba al comer - voy bien, creo - incluso, el habla se le dificultaba un poco. La deficiencia en su educación se notaba.

-¿No te ha regañado mucho la abuela? - tomó una servilleta y se estiró para pasarla en sus mejillas.

-Casi no - se metió los dedos a la boca.

-No hagas eso - le bajó la mano - límpiate - mientras lo sujetaba, lo limpió con la servilleta.

-Tía Carmen me deja hacerlo - Jacobo sacó la lengua, pasándola por la parte baja de la boca - ella no me dice nada, solo cuando termino de comer vuelve para ver que limpie lo que ensucie.

Dayana no tuvo ninguna reacción exterior - mn - siguió limpiándolo.

-También me dejan ver el teléfono cuando como si no hago ruido para que la abuela pueda ver su novela.

Dayana se sorprendió - ¿tienes teléfono? - inconscientemente, sus dedos apretaron la servilleta.

El niño meneó la cabeza, tomando con ambas manos lo que restaba de la hamburguesa - No, tía Carmen me presta el suyo - mordió. Su boca llena de pan y carne - ¿me prestas el tuyo?

-No - se puso seria - termina de comer - ella también devoró su comida.

Cuando hubieron recogido los platos, Jacobo preguntó - ¿puedo seguir jugando?

-Sí…

-¡Ah! - de pronto el niño se alarmó - ¡tía Carmen!

Dayana siguió la mirada del niño. Pasando por la puerta, iba un grupo de mujeres, entre ellas una bastante más joven que las demás. De inmediato, Dayana se levantó. Sacó el dinero de la billetera y lo dejó en la mesa - ¡vámonos! - urgió.

Agarró la mano de Jacobo y lo jaló hacia la parte de juegos. Era una suerte que ese lugar estuviera descubierto; así que les fue fácil salir. Juntos, corrieron más lejos. Atravesaron la calle para luego volver al parque por el lado contrario. Antes de cruzar hasta el sitio, pararon para tomar aire.

-Lo siento - dijo. Soltándole la mano para sujetarse las rodillas - ¿estás bien? - le preguntó agachada.

-Me duele el estómago - hizo un gesto, apretándose el vientre.

Dayana se alarmó - ¿en serio? - se acuclilló frente a él. Le puso las manos en los hombros, viéndolo hacia arriba - ¿qué tanto te duele?, ¿es porque corrimos mucho después de comer? - realmente, no sabía mucho de él; así que no sabía tratar sus malestares.

El niño cerró los ojos. Su cabeza se movió arriba y abajo - yo… - sus mejillas se inflaron y sus ojos se abrieron espantados.

-¡¿qué pasa, dime?! - se alarmó.

Luego, Jacobo se inclinó a un lado y a través de la boca abierta, chorros de comida comenzaron a salir. Una y otra vez antes de detenerse acezando.

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