CAPÍTULO 22

Asiento enérgicamente y grito que sí, que sí quiero ser su esposa. No me quedan dudas.

—¡Sí quiero!

Sonríe y me lanzo a su cuello para abrazarlo, le demuestro mi amor con un tierno beso en los labios. Coloca en mi dedo anular un anillo de color dorado con una piedra redonda en el centro, la cual parece ser un diamante. Algunas personas nos felicitan y después de eso nos encaminamos hacia nuestro siguiente destino. Luego de viajar durante toda la madrugada y parte de la mañana en el avión privado de Mark, por fin llegamos al aeropuerto internacional Ted Stevens, en la ciudad de Anchorage-Alaska. Es hermoso ver cómo el hielo a lo lejos es bañado por la luz tenue del sol que se cuela entre las nubes grises. Respiro el delicioso viento helado y este aroma a esperanza, también a pan dulce que viene de las cafeterías cuando salimos de la zona de migraciones. Camino casi atónita y distraída tomada de su mano, de él quien parece tan orgulloso de tenerme a su lado. Aún no puedo creer cómo est
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